Albert Sales
Qué difícil era hablar de pobreza a principios de siglo. En la época del crecimiento económico, el urbanismo creativo, las rotondas y las urbanizaciones de veraneo. Cuando los bloques de apartamentos crecían como setas en cualquier suelo urbanizable y las que no tenían empleo, afirmaban algunos, no buscaban lo suficiente o no tenían ganas de trabajar. España iba bien y las grandes ciudades todavía mejor.
Empecé a investigar y a escribir sobre pobreza en una ciudad empeñada en ponerse guapa para atraer turistas e inversiones. Por más que encuestas y estudios revelaran que más de una quinta parte de la población tenía dificultades económicas para hacer frente a los gastos del día a día, el alcalde del momento afirmaba sin reparos que no había pobreza en la Barcelona postolímpica. Más tarde, ya en los tiempos de las múltiples crisis, en 2022, un portavoz del Gobierno de Madrid llevaría esta miopía selectiva a su máxima expresión: “Dónde están los pobres en Madrid, que yo los vea”.
Pensábamos que después de 2008 la invisibilidad de la pobreza había acabado. En cuestión de cinco años, decenas de miles de desahucios anuales quedaron de nuevo enterrados bajo las estadísticas de recuperación económica, y tras algunos momentos de alarma y de proclamas por reformar el capitalismo, los nadie volvieron a ser culpables de su precariedad. Fue por aquellos tiempos que me escribieron desde Coia y conocí las oficinas de derechos sociales y, a través de ellas, la coordinación de Baladre y sus treinta años de historia de entonces, que ya son cuarenta mientras escribo estas líneas.
El intercambio de correos y mensajes, leeros y leernos —a veces con prisas y otras disfrutando de cada palabra— me ha servido para incorporar nuevos saberes y puntos de vista pero, sobre todo, para sentir que hay una red de gentes trabajando cada día para construir alternativas a la precariedad, la explotación, la criminalización y la escasez impuesta.
Y qué decir de las ocasiones en que el intercambio virtual se ha convertido en encuentro físico en Coia, Compostela, Irun, Xixón o Zaragoza.
No parece que los próximos años vayan a ser propicios para dejar de luchar contra la precariedad, el empobrecimiento y la exclusión. Así que celebremos esos cuarenta años y que la memoria inspire nuevas ideas, nuevos encuentros y nuevos afectos.