Anabela Antonelli
Cuando tenía apenas cinco años, mi padre y mi madre construyeron una casa para que viviéramos en un pequeño pueblo del centro de Argentina. El patio era grande. En una de las esquinas había un laurel de flor. Mi madre lo plantó apenas nos mudamos, y crecimos, con el laurel, acompasades.
En mi cumpleaños número 13 ya me sacaba varias cabezas. Los veranos se llenaba de unas flores rosadas de cinco pétalos que se distribuían en unos seis centímetros de diámetro, agrupadas de a manojos. Mi abuela nos decía que tuviéramos cuidado con el baladre, que es otra forma de llamar a esa planta. Que era buena, generosa, que servía para males de los más populares, como la sarna o la caspa, y que con ella su madre hacía los cestos para juntar la verdura del campo en una época donde la pobreza arreciaba.
Pero que si una se descuida, si no sabe, si no entiende, si no respeta, la planta tiene cierta amargura tóxica. Que no es grave, que no mata ni lastima profundo, pero que la planta se sabe defender.
Hace unos años, no recuerdo cuántos, cinco o seis… ¿siete? me invitaron a cenar a la casa de unes vecines con quienes compartimos militancia en la organización social Encuentro de Organizaciones, en Córdoba, Argentina. Habían venido compañeres desde “el otro lado del charco”.
No sé si hubo prejuicio, pero qué hermosa sorpresa conocer gente tan cercana, política y humanamente, pese a vivir en territorios tan distantes, tan distintos, ubicados en polos contrarios en la historia de la colonización. Me produjo una honda intriga. Vinieron unas veces más, a veces las mismas personas, a veces otres. De a poco fui entendiendo lo que traían para compartir. Porque son humildes, hacen silencio y preguntan mucho. Habitan los espacios, se entregan a la experiencia, no juzgan ni idealizan, no traen ninguna vara para medir nada.
Un día, casi por sorpresa, nos avisan que podríamos viajar al Estado Español para un encuentro transfeminista. Contactamos a las Baladre y nos dimos una gran gira en la mítica Baladrina. En el camino, entre País Vasco y País Valencià, andando por Salamanca, en asambleas de Canarias y en grandes ciudades como Madrid y Barcelona, nos encontramos muy a gusto con compañeres de una generosidad inmensa, con la complicidad de quienes se saben en la misma trama, con una diversidad de propuestas para una infinidad de desafíos y problemáticas.
En contrastes sumamente abrumadores, en territorios donde lo comunitario parece haber sido más desgarrado aún, les Baladres construyen alternativas. Barrios gestionados por vecines que se alzan en megaciudades turísticas; escuelas y huertas populares al lado de carreteras inmensas, disputando la tierra, las formas de producción y de relación social; proyectos sociocomunitarios de apoyo a migrantes, en un continente que les da la espalda; medios alternativos, espacios feministas y centros culturales, donde la privatización de la vida acorrala el encuentro; la producción y distribución de material impreso como uno de los tantos modos de tejer la red autogestiva, diversa, de solidaridad y compañerismo, hilos transversales que parecen sostener tanto hacer.
Ante un capitalismo depredador, que propone muerte y saqueo para las grandes mayorías que habitamos todas las latitudes, Baladre es como esa cesta que fabricaba la madre de mi abuela para juntar lo que había de comida. Puñado de flores sencillas, hermosas y en alerta, que no lastiman ni matan, pero que andan atentas en la defensa de sus comunidades.