Echando planchas

José Manuel Hernández, Canarias

Hasta no hace mucho, en mi pequeño país, en estas “plataformas preciosas que están ahí en medio del Atlántico(Feijóo dixit, desde su colonial metrópoli), las gentes de abajo andaban a menudo echándose una mano, como imagino que sucedía —y espero que siga sucediendo– en tantos otros lugares de esta bola gigante y azul que nos acoge. Nos ayudábamos unas a otras a construir nuestras casas, a echar la plancha, a realizar las siembras y a recoger las cosechas, a arreglar nuestros caminos, a pescar en las playas con el chinchorro, a enseñarnos las cuatro reglas entre nosotras, a cuidar de los chinijos y chinijas… Se hacía porque sí, porque era la mejor forma de asegurar la supervivencia y de sentir la felicidad y porque nos igualaba, manteniéndonos en un plano de relativa horizontalidad. No era el paraíso, porque la pobreza y la desigualdad nos ganaba la partida, igual que ahora, pero era un espacio de resistencia no consciente, una forma de sentir la comunidad/pueblo/barrio desde la solidaridad y el apoyo mutuo. Al menos en el espacio en que crecí, con dictadura y nacionalcatolicismo incluido, éramos así y era normal. Una forma de relacionarnos a la que no le dimos contenido político, de la que no nos enorgullecíamos especialmente, que no pudimos anclarla porque los voceros del sistema nos dijeron que así no alcanzaríamos el progreso y la modernidad. Que ahora las encargadas de cuidar de lo público, de lo común, eran nuestras representantes en el Ayuntamiento y solo ellas podían decidir. Ya no arreglaríamos con cementos nuestras calles, porque dejaron de ser nuestras y pasaron a ser del Consistorio, ni construiríamos nuestras plazas o nuestros campitos de fútbol, no podíamos ayudar en las cosechas porque no estábamos asegurados, ni echar una plancha porque no teníamos contrato laboral, ni truequear papas por pescado, porque no teníamos registro sanitario. Todas esas prácticas había que ir dejándolas atrás porque eran símbolos del atraso, del subdesarrollo. Ahora venían las turistas frívolas y el dinero europeo, el derecho a consumir sin ton ni son, el individualismo y la competición.

Es el progreso, el mercado, amiga.

Lejos de mi intención está romantizar un pasado que estuvo secularmente atravesado por la miseria y la explotación de nuestra gente. Pero hay valores, maneras de ser y de estar en comunidad, que no supimos deconstruir a tiempo pero que son de lo más lindo que tenemos las personas, que siempre permanecen, aunque sea en estado larvario y que, cuando menos lo esperas, eclosionan y te devuelven las esperanzas. Eso fue lo que me pasó cuando descubrí a las gentes baladrinas que andaban por estos mundos construyendo comunidad, redes de resistencias y luchas, solidaridades varias, acogimientos, apoyos y, sobre todo, un armazón teórico colectivo sobre cómo organizarnos las de abajo, las precarias, las excluidas, las pobres, las mayorías, basados en el más transversal de los derechos: el de una vida digna para todas.

Un soplo de aire fresco que nos llegó, décadas atrás, a estas ínsulas colonizadas hace cinco siglos. La argamasa que nos unió fue aquella idea “loca” de reivindicar la garantía de una renta suficiente para todas las personas y articular una poderosa herramienta de transformación social, abrir una brecha por la que puedan asomar el josico nuestras utopías de siempre: redistribuir la riqueza y avanzar rápido en la consecución de las más altas cotas de igualdad y justicia social.

Y como algo de aquellos tiempos pasados se nos quedó metido adentro, nos arremangamos nuevamente los pantalones y, desde este rinconcito africano, nos pusimos manos a la obra para ayudar a echar la plancha de este hogar común, libre, en el que siempre hemos encontrado cobijo: la coordinación contra la precariedad, el empobrecimiento y la exclusión.

Y ahí seguimos, celebrando complicidades, incorporadas a la red colectiva, tirando del chinchorro, truequeando experiencias, aprendiendo con nuestras iguales las cuatro reglas de la resistencia, sosteniendo nuestras vidas sin agachar nunca la cabeza, cuidándonos por encima de todo. Intentando reproducir el virus que acabará matando a la bestia.

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