La Nata
Queridas todas:
Os escribo desde aquellos años, donde Baladre iba entonces en torno a sus 25 años, y la gente que estábamos en la Palmilla la estábamos liando parda, hacia adentro, hacia nosotras y hacia afuera, desde nosotras.
En sueños de transformación compartidos, devorando teorías y estrategias, imaginando realidades deseadas y planeando por donde caminar, todo se incluía en feminismo, clase y lucha social. Pequeñitas pero muy propias, éramos punkis y duras, agarrándonos a una ternura que nos contuviera y, al tiempo, nos impulsara. Como si buscáramos una materia primigenia, que sólo encontraríamos hallando la raíz que nos moviera.
Éramos bichas, monstruas, que no queríamos comernos el mundo porque no era bueno para nosotras. Queríamos deglutirlo y parirlo otra vez, desde lo que nos era propio y muy justo, con rabia, con lucha, con alegría y cuidados, pero también masticando conflictos (nuestros y heredados), cristales molidos y precariedades varias. Tomábamos conciencia y conciencias: nos mezclábamos, enredábamos, nos ensuciábamos con alegría y también con urgencia, ignorando, cuando aparecía, la sombrita de la desesperanza. Porque es dura esa precariedad, pero ¿cómo hacer sin ser? ¿Cómo estar sin pertenecer, sin red? ¿Cómo accionar sin estar en el mismo ojo de la bestia?
Al menos, yo así lo sentí, honesta y crudamente (y quizás también mis compañeras de camino en esos días, aunque no hablo por ellas). Dando una patada, no como mera queja, que también, sino para que todo temblara, y en lo posible cayera, con la idea firme de construir.
Ya veis, después vinieron roturas, otras ligaduras, y vínculos nuevos, cuidados y otra vez, anhelos. La vida misma: en el camino siempre hay abandono para poder abrazar otras juntiñas y experimentos.
Hubo borracheras de encuentros, jornadas y compartirse con otras desde los diferentes grupos en esa querida coordinación estatal (y más allá):1 hubo escuelas transfronterizas que, a mí, me abrieron la cabeza y mundos nuevos, conocerse con grupos de acción de diversos territorios y culturas, siempre con voluntad de seguir en la maraña de impulsos de transformación que llevar al barrio y a la asociación de vecinas (y traer desde ella), como una ofrenda destilada para nuestro entorno. Hubo manis en pelotas por la Renta Básica en las calles de Vitoria (aunque sigo pensando y tengo que decir que os deberíais haber desnudado más gente ¿eh?), tintos de verano en Ruesta, con momentos de éxtasis paganos y no etílicos en su ermita. Hubo cansancios, pero mucha adrenalina por los puentes de las vecinas de la Palmilla. Y más y más cosas…
A mí me llegó un momento en el que tomé conciencia profunda e íntima de profundo privilegio, aún encarnando nuestras opresiones. Yo vivía en la Palmilla, pero tenía cierto margen de escape de ese nivel de precariedad, como mujer blanca, universitaria, y de pronto no pude lidiar con esa condición y me craquelé. Vivir en la Palmilla se me volvió insuficiente para accionar, porque para la mayoría de las que estaban allí era su único mundo y opción (La Palmilla era un barrio «imaginao», como diría Luisa, nuestra vecina).
Así que me fui. Necesité un poco de calma y un alejarme para volver a situarme y aquí estamos, ahora desde los 40 años de Baladre, que ya veo desde el cariño, pero también desde la distancia. Ya con otras reflexiones que tuvieron buen fruto a partir de aquellos y otros sedimentos. Tomando lo mejor de cada experiencia y de cada casa seguimos caminando en otros entornos y otras luchas pequeñitas, cruzándonos en lugares comunes, con la alegría de ver al amigo que vuelve de un largo viaje, sabiéndonos cómplices.
Y el estar de una es también en relación con las otras. Y es que el tipo de sabiduría que nace de la experiencia colectiva, parte del trabajo invisible y hasta cierto punto abnegado (punto crítico ¿no?) ¿cómo no nos vamos a celebrar escribiendo unas letras, una correspondiente correspondencia, desde donde cada una esté?
Aquí os dejo, querides. Os abraza con cariño.
- CRAC, CGT, EeA, entre otras muchas ↩︎